Cada vez más estudiantes usan inteligencia artificial para resumir textos, resolver tareas o preparar exposiciones. El 91% de los estudiantes universitarios colombianos ya utiliza herramientas de inteligencia artificial, según un estudio de Planeta Formación y Universidades.
Sin embargo, mientras su adopción crece aceleradamente en las aulas, expertos advierten que el país enfrenta un nuevo reto: formar jóvenes capaces no solo de usar IA, sino también de cuestionarla y proteger su información.
Desde SONDA el riesgo no está en que los estudiantes usen inteligencia artificial, sino en que comiencen a depender de ella para procesos clave del aprendizaje, como analizar, sintetizar o construir ideas propias.
“Estamos empezando a delegar el pensamiento crítico en la inteligencia artificial. Aunque la IA puede dar respuestas rápidas, no reemplaza el proceso de analizar y entender por nosotros. Cuando un estudiante deja que la IA resuma o estructure información, puede perder etapas clave donde realmente ocurre el aprendizaje”, explica Lorena Pachón, Gerente de Desarrollo de Negocios en Ciberseguridad en SONDA Colombia.
Pachón advierte sobre una ‘ilusión de comprensión’: estudiantes que obtienen respuestas rápidas, pero sin construir realmente el conocimiento detrás de ellas. Por eso, el debate ya no se limita al plagio académico, sino al riesgo de debilitar habilidades como el análisis, la síntesis y la construcción de pensamiento propio
Un riesgo que va más allá del aula
El impacto no es únicamente pedagógico. La inteligencia artificial también está introduciendo nuevos riesgos en materia de seguridad digital, especialmente en entornos educativos.
Hoy, un estudiante puede utilizar estas herramientas para generar correos de phishing altamente convincentes o automatizar acciones que, sin un adecuado criterio, pueden derivar en usos indebidos. Esto convierte a la IA en una tecnología de múltiples usos, tanto para el aprendizaje como para posibles amenazas.
“Estamos más preparados para detectar un virus que para evitar que una persona comparta información sensible con una herramienta sin ser consciente de las consecuencias”, sostiene Pachón.
Datos, el activo invisible en juego
Uno de los aspectos más subestimados es el intercambio de información que ocurre en cada interacción con herramientas de IA. Mientras el estudiante obtiene respuestas inmediatas, también puede estar entregando datos sin dimensionar su uso.
En el caso de colegios y universidades, esto adquiere una dimensión crítica. Las instituciones manejan información sensible de menores, incluyendo datos personales, familiares y perfiles académicos, lo que las convierte en objetivos potenciales para vulneraciones.
Además, el uso de plataformas gratuitas puede implicar la cesión de información para entrenar modelos o fines comerciales, muchas veces sin plena conciencia por parte de usuarios o instituciones.
Una generación con nuevas vulnerabilidades
El escenario que preocupa a expertos no es un ataque puntual, sino uno estructural: la formación de una generación altamente dependiente de la tecnología, pero con menor capacidad para cuestionar, verificar o protegerse en entornos digitales.
Esto podría traducirse en profesionales más expuestos a fraudes, desinformación y filtraciones de datos en el futuro. “No es que los jóvenes no sepan pensar, sino que corren el riesgo de acostumbrarse a no hacerlo por sí mismos. El problema no es la tecnología, sino cómo se está integrando en su proceso de aprendizaje”, señala Pachón.
Al mismo tiempo, la preocupación por la seguridad de los datos crece. De acuerdo con el Informe sobre Amenazas de Datos 2026 de Thales, el 70% de las organizaciones considera que la inteligencia artificial representa hoy el mayor riesgo para la protección de su información.
Frente a este panorama, los expertos coinciden en que el camino no es restringir el uso de inteligencia artificial, sino integrarla con responsabilidad. Esto implica avanzar en políticas claras de uso, fortalecer la ciberseguridad en entornos educativos, formar a docentes en pensamiento digital crítico e involucrar a las familias en el acompañamiento del uso tecnológico.
“Algunas personas le temen a la IA, pero el mayor riesgo está en la forma en que la estamos adoptando. La diferencia entre una herramienta poderosa y una trampa depende del criterio con el que se use”, concluye Pachón. Para los expertos, el reto ya no es evitar el uso de IA en las aulas ni el día a día de los jóvenes, sino enseñar a usarla sin reemplazar habilidades clave como el análisis, el criterio y el cuidar los datos.

