En un entorno donde la digitalización define la competitividad empresarial, el deterioro de los sistemas tecnológicos es un factor crítico para la operación. Cuando el software comienza a fallar o deja de responder a las necesidades del negocio, las organizaciones enfrentan la disyuntiva de modernizar sus sistemas o desarrollar uno nuevo desde cero.
Sin embargo, más allá de la decisión técnica, el impacto financiero de mantener sistemas obsoletos ya es medible. De acuerdo con Mordor Intelligence, el mercado global de modernización de aplicaciones crece a una tasa anual superior al 16%, impulsado principalmente por los altos costos de mantenimiento y la ineficiencia operativa de sistemas heredados.
En este contexto, la refactorización, entendida como la mejora estructural del software sin reemplazarlo por completo, toma relevancia como alternativa estratégica. A diferencia del desarrollo desde cero, este enfoque permite optimizar sistemas existentes, haciéndolos más escalables, mantenibles y alineados con los objetivos del negocio.
“La conversación no debería centrarse únicamente en cuánto cuesta modernizar un sistema, sino en cuánto está perdiendo la empresa por no hacerlo. En muchos casos, los costos derivados de fallas operativas, tiempos de inactividad y limitaciones tecnológicas superan ampliamente la inversión en refactorización”, señaló Gerardo Pizarro, Director General de Neracode.
La decisión entre refactorizar o desarrollar un nuevo sistema depende de múltiples factores. Entre los principales destacan el nivel de deuda técnica acumulada, la estabilidad del sistema actual, las necesidades futuras del negocio y la complejidad operativa. La deuda técnica, que incluye código obsoleto, soluciones temporales o falta de estándares, es uno de los elementos que más incide en los costos y tiempos de intervención.
A nivel global, el impacto de estos factores es significativo. Según McKinsey & Company, la deuda técnica agrega entre 10% y 20% de costo adicional por proyecto y, las organizaciones que no la gestionan adecuadamente pueden ver reducida su velocidad de desarrollo hasta en un 40%, lo que afecta directamente su capacidad de respuesta al mercado.
“El costo de refactorizar un sistema no puede definirse de forma estándar, ya que cada software tiene una historia técnica distinta. Factores como la complejidad, la tecnología utilizada o incluso la ausencia de documentación pueden modificar significativamente el alcance del proyecto”, expuso el Director General de Neracode.
Entre los elementos que más influyen en el costo de una refactorización se encuentran el tamaño del sistema, el número de integraciones, la vigencia de los lenguajes de programación utilizados y el nivel de documentación disponible. La falta de documentación, por ejemplo, incrementa el riesgo del proyecto al requerir procesos adicionales de análisis e investigación.
Además, las empresas enfrentan el reto de modernizar sus sistemas sin interrumpir la operación. Ello ha impulsado metodologías como la refactorización incremental o por módulos, que permiten realizar cambios progresivos con pruebas continuas y menor impacto en el negocio.
En este escenario, la modernización tecnológica deja de ser un gasto operativo para convertirse en una inversión estratégica. Más allá de la eficiencia técnica, la refactorización permite a las organizaciones reducir riesgos, mejorar su capacidad de escalamiento y prepararse para un entorno cada vez más competitivo y digitalizado.

